Viveza criolla estimula corrupción “naturalizada y legitimada”

Venezuela es considerada como la nación más corrupta de América Latina y una de las primeras en el mundo

La corrupción es un círculo que “permea” todas las esferas de la vida cotidiana del venezolano. De esta manera describe Trino Márquez,  Doctor en Ciencias Sociales y Director Académico de Cedice, la posibilidad de corromper o corromperse en el país.

Su aseveración la respalda el último informe de la organización Transparencia Internacional (IT) que ubica a Venezuela como la nación más corrupta de América Latina y una de las primeras del mundo, ubicándose en el puesto 166 de 177 países estudiados.

Para la Psicóloga Social, Hisvet Fernández, el incremento de este índice no se ha tratado de un “acostumbramiento” de los ciudadanos, sino más bien de un problema estructural de la población.

“La sociedad venezolana vive en un sistema que predica una ética que se basa en tres principios: libertad, igualdad y fraternidad y ninguno de esos principios se cumplen. No hay instituciones que los haga cumplir y más bien se prestan para violar esos principios”

Para el profesor Márquez, el fortalecimiento de este fenómeno se ha debido principalmente a tres factores:

1. Debilidad del sistema de justicia. Estima que el deterioro del Poder Judicial se ha labrado principalmente en lo que cataloga como “designaciones a dedo de jueces sin credenciales”, pero que comulgan con los “intereses partidistas” del Gobierno Nacional.

2. Impunidad. Lo considera un catalizador muy activo de la corrupción y argumenta que en la actualidad “nadie tiene incentivos para no delinquir”, sino todo lo contrario. 

“El nivel de impunidad es extremadamente alto, no solamente en relación a los crímenes y delitos comunes. Las cifras que da el Observatorio Venezolano de la Violencia es que más del 90% o 95% de los crímenes que se cometen en el país quedan impunes”

3. Tipo de controles. Márquez sostiene que en todos los países donde se han implementado controles como los que existen en Venezuela tan “rígidos y prolongados”, como el de cambio y el de precios se produce una estimulación mayor a la corrupción.

Añade que hay que combatir el flagelo a todos los niveles y establecer penalidades de acuerdo a ello:

“Hay que combatir desde el guardia nacional que utiliza la alcabala para esquilmar al productor agrícola o el funcionario que trabaja en el Saime y se lucra con la identidad de los venezolanos. Pero quienes están haciendo los grandes negocios y lo han hecho a lo largo de 15 años de control de cambio y se han enriquecido de manera obscena, son los que controlan las “palancas” del control de cambio y del control de precios”

Rentismo como origen

La corrupción es problema mundial que extiende su campo de acción a las esferas económicas, políticas y sociales; pero en Venezuela, según Fernández, tiene el condimento de la “comodidad” y de la “mentalidad rentista”.

“Nosotros hemos vivido de la renta petrolera y no del trabajo productivo. Entonces vivir de la renta es una ‘comodidad’ porque yo vivo de algo que me da ingresos sin que yo tenga que hacer un esfuerzo mayor. Y eso genera una mentalidad la ‘comodidad y facilismo’, de saltarse todas las normas y los requisitos”

Explica que este componente se añade a la caracterización estructural, lo que se traduce en un elemento que hace vivir la corrupción de forma “naturalizada” y crea un falso concepto de justicia. Es por ello, que el individuo comienza a velar por sus intereses de manera individual, dejando de lado el colectivo y es capaz de transgredir cualquier normativa, siendo un caldo de cultivo fácil para el crecimiento de la corrupción.

Necesidad e instituciones “fuertes”

El desarrollo de la economía rentista y los férreos controles han generado una mentalidad y una manera de ver la vida que ha desencadenado una cierta tolerancia y flexibilización ante los hechos de corrupción, según los académicos .

Fernández explica que la profundización hace que no se diferencie lo correcto del hecho corrupto y que además el individuo que se resista a la corrupción sea visto como un sujeto extraño y fuera de norma.

“Las instituciones funcionan desde el esquema de la corrupción. Entonces, yo llego a un cargo y esa es mi cuota de poder, y desde ese poder yo trato de ejercerlo inadecuadamente (…) Tenemos el concepto del poder sobre los demás y no del poder compartido

Tanto Márquez como Fernández coinciden en que necesitamos instituciones “fuertes y firmes” desde el punto de vista ético y que se conviertan en un modelo de ejercicio de las relaciones humanas.

“Para nosotros la corrupción se ha reducido a los grandes hechos de robo pero no es eso nada más eso, es la cotidianidad, la cola, eso es corrupción y lo vemos como natural. Entonces a veces la gente calla y no reclama”, acota Hernández.

Añade que expresiones como “eso es lo normal” o “eso es así, siempre ha sido así y eso no va a cambiar”  deben descartarse y abrir paso a obrar cambios desde el seno de los ciudadanos.

Falta de control y transparencia

La corrupción se ha convertido en “parte de lo que somos”, a juicio de Hernández. La especialista estima que la educación impartida en el hogar se realiza desde las relaciones sociales corruptas, donde se trasmite la doctrina de avanzar sobre otros sin tomar en cuenta a los demás.

“Desde la escuela un niño de primer grado se puede copiar la tarea, contarlo y parecerle a la gente como una viveza, una habilidad, una capacidad de hacer cosas que genera sonrisas y aplausos”

Explica que este tipo de comportamientos va estimulando una manera de relacionamiento en donde el individuo trata siempre de sobrepasar a las otras personas a través de procedimientos ilegales. Agrega que la estimulación temprana de pequeños gestos como ganar juegos con trampa, o exaltar la viveza criolla, figuran como elementos precursores de una corrupción naturalizada y legitimada.

Para Marquéz, el panorama para revertir de forma parcial, o al menos evitar el avance de la corrupción en el país, pasa por una fórmula que conjugue el componente ético y político.

Asegura que sin un poder judicial y sin una policía profesionalizada alejada de la política y altamente tecnificada y científica no es posible combatir el delito y revertir los índices de impunidad.

“Para acabar con la corrupción hay que reprimir, hay que castigar. Los llamados de conciencia que podría hacer la iglesia, el Gobierno; eso está bien, eso no estorba pero en ninguna sociedad la corrupción se ha acabado a partir de los programas éticos y morales”

Enfatiza que el único camino para combatir la corrupción no es haciendo “llamados piadosos a la conciencia de la gente”, sino estableciendo instituciones muy fuertes y elevando el costo del delito a través del fortalecimiento judicial.

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 Publicado en Análisis, Política | No hay comentarios


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